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Crisálida

Los nenúfares

 

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Aquella noche envuelta en brumas, cuando Miguel invitó a Irene a dar un paseo en barca por el estanque de un pueblo cercano, emergió de entre los nenúfares una delicada mano, que hacía pensar que era de una  muchacha joven. Adiós a la velada romántica que había planeado. Esa situación, como es normal, les cortó el cuerpo.


Ahora, tenían que decidir qué hacer, si se marchaban como si no hubiesen visto nada, o si por el contrario avisaban a la policía local de lo que habían hallado. Estuvieron un cuarto de hora viendo pros y contras de la situación.


Irene pensaba que era mejor avisar, que alguien los podía haber visto por el lugar, y luego, sin tener necesidad, podían meterse en un embrollo del que les costaría  trabajo salir. Pues nadie sabía donde se encontraban ellos, nadie podía decir que los había visto aquella noche o que habían estado en su casa.


Miguel sin embargo opinaba que era mejor largarse sin notificar nada, que no era la primera vez que la gente se metía en problemas por solucionar algo o por intentar ayudar a alguna persona. Él optaba por irse y hacer que nunca estuvieron allí.


Discernido lo que iban a hacer, dirigieron el bote hacia la orilla del estanque, y se encaminaron a la comisaría de policía más cercana, bueno, a la única comisaría del pueblo.


Cuando llegaron, al filo de la madrugada, el comisario no se encontraba en su puessto de trabajo, y tuvieron que esperar como media hora para poder prestar su declaración. Cuando este volvió, Javier, su escribiente le dijo:


-       Señor comisario, ha llegado una pareja que desea informarle sobre un incidente.


-         Hagales pasar.

Señores, ya ha llegado el señor comisario, ya pueden pasar, es la primera puerta a la izquierda.


-         Buenas, señor…


-         Ibañez.


-         Buenas, señor Ibañez. Venimos a contarle lo que nos acaba de ocurrir. Ha sido una situación un poco desagradable. Comentó Irene.


-         Prosigan.


-         Bien, hoy quería darle una sorpresa a mi novia, le dije que me acompañara, y la traje hasta este maravilloso pueblecito de montaña, con el propósito de darle un paseo en barca por el estanque. Hoy que había luna llena. Cuando llegamos al paraje, cogí un bote, de los que un amigo me comentó que no son de nadie, que están allí para que quien quiera hacer uso de ellos los coja, y cuando no habíamos removido el agua ni tres veces, afloró entre las hojas esas del estanque una tersa mano, y ahí terminó nuestro paseo, motivo por el cual estamos aquí.



-         Perfecto –dijo el comisario-. Ahora por favor pasen con mi escribiente, y relatenle los hechos tal y como han hecho conmigo, pero añadiendo la hora lo más aproximada posible a la que ocurrio cada situación. Siento lo que les ha ocurrido, estaremos en contacto. ¡Ah! Y tomen, esta es mi tarjeta, llamenmé en el momento que lo necesiten. Encantado.


-         Igualmente, señor.

             La pareja pasó a la sala donde estaba el escribiente en cuestión, y volvieron a relatar la historia tal y como les había ocurrido.

“Ves, acabamos de empezar con esto, y mira ya los quebraderos de cabeza, dos veces hemos tenido que contar la misma historia. Si te lo decía yo”. Dijo Miguel airado. “Pues imagínate si no lo hubieramos hecho”. Replicó Irene.


           Cansados, y sin haber disfrutado de su noche especial cogieron el coche y se marcharon camino a casa. Una vez allí, se dieron un baño reparador y se acostaron; con la intención de olvidar todo lo sucedido en esas fatídicas horas.


Miguel se despertó al las ocho para ir a trabajar, preparó sus cosas, le dio un beso a su princesa, y se despidió de ella hasta la tarde. Ella como estaba de vacaciones, pensó disfrutar de una mañana de cama, y volvió a quedarse dormida. Cuando se despertó, sobre la una, encendió el televisor de plasma que tenía en la habitación, y como estaban dando las noticias, recordó sin querer la noche anterior y dejó la tele en ese canal para verlas, a ver si decían algo. Y efectivamente, la tercera noticia que dieron, mencionaba el caso de una muchacha que había aparecido muerta en el estanque de Villa Espesa. Dijeron que el cuerpo había sido encontrado por dos lugareños de El Diablo. Que parecía llevar sólo unas horas muerta, y que estaban pendientes de la autopsia para saber de qué había fallecido, pero que lo habían decretado secreto de sumario.


Pasó el tiempo, no hubo más noticias sobre aquél suceso en televisión. Las rutinas diarias siguieron su curso, Irene reanudó el trabajo, volvía a casa por la tarde, y allí se encontraba ya a Miguel, a quien adoraba, esa historia la había unido más a él,  ahora no se imaginaban separados, y compartían todo lo que podían compartir. Pero la calma se rompió al mes y medio más o menos: era domingo, un domingo ya más proximo a la primavera, en el que el sol bañaba de luz todas las habitaciones, y daba una una energía y felicidad impesables, pero sonó el teléfono, si sonó el teléfono, y no era ni su hermana, ni su cuñado, ni nadie cercano a su entorno. Cuando Irene cogió el auricular, la voz que escuchó al otro lado fue la del señor Ibañez, el comisario de Villa Espesa, pidiendoles que fueran en el plazo de una semana a su comisaria que era necesario que hablara con ellos.


          A Irene se le hizo una congoja, no sabía como decirselo a Miguel, ya que conocía cual sería su respuesta. Tras colgar el auricular éste le preguntó que quién era, que se le había puesto la cara como el papel por lo que tuvo que decirle que era el comisario, que le había rogado que se pusieran en contacto con él asistiendo a la mayor brevedad posible, como mucho una semana, a la comisaría. Bueno, os podéis imaginar cómo reacciono Miguel. Ya se podía imaginar lo que les venía encima.

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