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Crisálida

El indigente errante

 

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            Esta que voy a contar, es la historia de Casimiro, un indigente de mi pueblo que se pasaba los días vagabundeando por ahí. Se había convertido en un hombre flacucho y ajado por el paso de los días en la calle. Las arrugas en su rostro mostraban que no lo había pasado bien. También lo dejaban ver sus marrones ojos opacos, fiel reflejo de una vida de sin sabores.

           Cuando Casimiro era joven, tenía una buena profesión, tenía una casa, con esposa y dos hijos, era el ser más cariñoso que uno hubiera podido conocer; siempre atento con su mujer, llevando a sus hijos a todas partes... pero todo cambió cuando la víspera de Navidad lo echaron del trabajo. Como era un hombre muy trabajador, aquello lo dejó totalmente hundido, desmoralizado, y casi sin darse cuenta empezó a beber más de la cuenta, ya que estas fechas se prestaban a ello, motivo por el cual ya nadie le quería dar trabajo, pues siempre olía algo a alcohol, hecho que hizo que la situación fuera empeorando. La mujer cada vez se encontraba peor con él, pues siempre estaba en casa, bebido, el dinero no llegaba, y tenía tres bocas que alimentar además de la suya. Su madre le podía echar una mano, pero no podía cargárselo todo a ella.

          Julia intentó poner medios para que la situación cambiara, pero él se había ofuscado, y no entraba en razón, decía que no pasaba nada, que él no tenía ningún problema, y que ya le darían trabajo. Pasaron seis meses, y Julia ya no aguantaba más, asique lo echó. Le dijo que si no iba a solucionar el problema y además lo iba a agravar que se fuera, que buscara donde irse y se fuera. Que esta noche podía dormir allí, pero que era su última noche. A la mañana siguiente, Casimiro se levantó más temprano de lo habitual, pues últimamente antes de las doce no se levantaba, con una sensación extraña que le recorría el cuerpo. Sabía que tenía que dejar su hogar, que le habían puesto un ultimátum, pero esperaría a que su mujer se levantara a ver si cambiaba de opinión. Pero no, Julia le preguntó si todavía estaba por allí, y le recordó que cuando saliera por la puerta el día de hoy ya no volviera a entrar, o sea que cogiera lo necesario para irse, y que buscara un lugar donde quedarse.

          A las dos y media, después de haber comido, Casimiro se despidió de sus hijos, con la esperanza de volver a verlos, y se fue en busca de sus hermanas, primero una y después otra, a ver si alguna le quería dar alojamiento. Pero ninguna lo quiso aceptar en su casa. Ambas le dijeron que si estuviera pasando por una mala racha que sí, que eso estaba hecho, pero que si fuera porque estaba pasando una mala racha, no hubiera hecho ni falta pedir esa ayuda, porque conocían a Julia y sabían que ella no lo habría echado. Que si el problema era que se había dedicado a beber y no aportar nada al hogar, que no querían un vago alcohólico en casa. Así fue como Casimiro pasó de tener un buen puesto de trabajo y una familia a pasar los días vagando por las calles sin sentido.

          En casa, los hijos, uno de siete años, y otro de tres, preguntaban que dónde estaba papa, qué cuando iba a venir, y claro, Julia se sentía destrozada, no sabía que responderles, además, ella lo seguía queriendo, y sabía por qué su marido había cambiado, pero si él no ponía de su parte no podía hacer nada. Ella sabía que sin el apoyo económico de su marido, le costaría más  trabajo salir a delante, pues trabajaba echando un par de horas en una lavandería, pero si en otras ocasiones había salido airosa, esta vez, aunque fuera más difícil, también lo conseguiría. Además, tenía el apoyo incondicional de su madre.

          Llegó la noche, fue la primera que Casimiro pasaba en la calle, fue extraño, acostumbrado a dormir en su cómoda cama se tuvo que ingeniar para buscar unos cartones. Menos mal que era verano. Cuando los encontró los puso en un banco de un pequeño parque y se echó a dormir, como hacía calor, no se tapó ni nada. (Qué haría cuando llegara el frío, bueno, sabía lo que haría, pero cómo lo pasaría...). Cuando ya casi estaba dormido, llegó un vagabundo, se notaba que ya llevaba años viviendo en la calle, sus ropas estaban desgastadas, su barba descuidada, su tez excesivamente morena por los rayos del sol, y le dijo:

-          Durmiendo en un banco, se nota que eres nuevo por aquí, y se nota que eres nuevo en esto, no puedes pasar la noche aquí, se pueden meter contigo, o te pueden hacer algo. No puedes elegir un parque en pleno centro de la ciudad, tendrías que haber elegido un sitio en la estación. Hoy vendrás conmigo, pero mañana tendrás que buscarte tu propio lugar.

            Y lo llevó a un recodo de la estación de tren, donde él se había acomodado hacía tiempo; tenía una manta, para cuando llegara el invierno, una estufilla, para cocinar si le daban algo, una linterna... en fin, tenía lo que no tenía casi ningún indigente, se podría decir que era un vagabundo rico, o con suerte. Le preguntó que si quería compartir con él un bocadillo de tortilla de patatas que le habían dado y una botella de vino, y obviamente, Casimiro le dijo que sí. Pasaron la noche, y a la mañana siguiente, al levantarse, a Casimiro se le habían hincado los huesos en el cuerpo al contacto con el asfalto, y estaba dolorido. Tomás le dijo que esto era normal en su primer día, que cuando llevara cientos durmiendo en el suelo, si algún día dormía en la cama, sería lo que le dolería. Tomás se despidió de él, le dijo que se tenía que ir a hacer sus cosas, y le aviso que esta noche ya, se tenía que buscar un lugar propio donde pasar la noche, ahora que le había enseñado donde buscar, y que le había advertido de los peligros más comunes.

            En la casa que fuera de él, todo seguía con su rutina, Julia se había levantado temprano para preparar el desayuno de los niños, y llevar a uno al colegio y al otro al centro infantil. Después sería ella la que se tendría que llevar a la lavandería, pues estaba algo agotada, para echar su par de horas antes de ir a preparar la comida e ir a recoger a los niños. Ahora tendría que buscarse un trabajo extra por la tarde si su madre le podía echar una mano quedándose con los niños, si no, iba a ser todo más difícil.

            Fue el primer día que Casimiro se tuvo que poner a pedir en la calle, otra situación nueva para él, encima en un barrio donde todos lo conocían, interiormente pasaba un sentimiento de vergüenza, pero como no le quedaba otra opción buscó un lugar donde ponerse. Empezó a pasar la muchedumbre, algunas personas se sensibilizaron con él y le dieron algo, otras sin embargo, no le daban ningún dinero, pero tampoco se mofaban de él. Pero había otro tipo de gente, estaban por un lado las que se burlaban de él, y por otro las que pasaban por su lado y era como si no pasaran por el lado de nadie, eso era lo que más le molestaba, la indiferencia, la ignorancia, aún sabiendo que él estaba allí sentado. Para ser el primer día no terminó mal, con el dinero que le habían dado tuvo para un bocadillo y dos cervezas, era más de lo que se esperaba.

            A Julia hoy día le tocaba planchar en la lavandería, se pasó la pobre dos horas planchando, entre vapores y sudores. Tenía la tez roja como un salmonete, pues era una muchacha que cuando pasaba calor se le encendía el rostro. Terminada su jornada fue a recoger a sus hijos. Hoy no había tenido tiempo de hacer nada complicado de comer, había tenido que preparar unas pastas, cosa que los niños agradecieron cuando se enteraron. Por la tarde se puso a buscar en el periódico alguna ocupación para las tardes, y no encontraba nada. Pero cuando llevaba media hora buscando, sonó el teléfono, y era Paula, le estaba contando lo que había pasado en su comunidad, la habían disuelto, todo el mundo se estaba quejando, nadie quería que hubiera comunidad, pero nadie quería que estuviera sucio el portal, y al romper la comunidad, habían tenido que echar a la empresa privada que limpiaba el portal. A Julia se le iluminaron los ojos cuando escuchó aquello, y preguntó a su amiga si podía quedarse ella con la limpieza del portal. A lo que Paula le contestó:

-          Pues claro, hombre, no había caído, además, no sabía que lo necesitaras.

-          No, en cierto modo no lo necesitaba, pues estaba esperando que la situación

se estabilizara, pero como no ha sido así, las cosas se han complicado, y estaría muy agradecida si pudiera quedarme con ese puesto. Consúltalo con los propietarios y me mandas un mensaje diciéndome si entro a trabajar y cuándo.

            Paula colgó el auricular, y a  los diez minutos le estaba escribiendo un mensaje diciéndole que empezaba el martes de cuatro a seis, y que tendría que limpiar martes jueves y sábados. Salvo un sábado que le dejarían libre. Julia se puso muy contenta, tanto que empezó a dar saltos de alegría, sí, terminaría algo más cansada esos días, pero llegaría mejor a fin de mes.

            Llegó la noche, y Casimiro tuvo que buscarse algún lugar donde dormir, vio una máquina expendedora de refrescos que había hacia el final de la estación y aunque había una lata de cerveza, allí se echó. Cuando ya estaba a punto de dormirse, llegó un hombre delgaducho, paliducho y excesivamente demacrado, y empezó a  vociferarle diciéndole que ese era su sitio, que se levantara ahora mismo de ahí si no quería que lo rajase, que se fuera a buscar otro agujero, que era un puto vagabundo de mierda. Que si no veía que el sitio estaba guardado.

            Casimiro que estaba medio dormido no pudo casi ni reaccionar, y con aquel personaje tanto mejor. Lo más que pudo fue levantarse torpemente e intentar buscar otro lugar donde pasar la noche, pero eso sí, intentó mirar bien, que no hubiera ningún objeto que pudiera identificar el lugar como de alguien. Así que se colocó en un banco que vio al lado de los servicios, y se tapó  con un par de cartones. En esta ocasión ya no le molestó nadie y pudo dormir hasta la mañana.

            En casa de Julia, las cosas seguían su curso, y tanto económica como afectivamente, se habían estabilizado. Ella nunca les prohibió ver a su padre, pero como Casimiro siguió con su actitud, pronto los niños no querían verlo, ni estar con él. Como vemos, el tiempo fue pasando, los niños creciendo, y la vida mejorando. La madre de Julia, ya no tenía que aportar tanta ayuda, ni física ni  material y se daba sus escapaditas con su marido.

            Por el contrario, Casimiro fue empeorando cada vez más, cada vez bebía más, cada vez recibía menos dinero, por consecuencia comía menos, motivo por el cual su cara se fue chupando, sus ojos se fueron saliendo, y sus rasgos faciales tornaron poco a poco puntiagudos, los que dejaba ver la barba que no se quitaba desde hacía años. Su tez se fue demacrando cada día más, y la que le quedaba visible estaba muy curtida por el sol. Siempre lo veías tumbado por algún banco o escalera con una litrona en la mano, fuera la hora que fuera, ya había hasta gente que se la compraba.

            Un día de finales de verano, era tal el hambre que tenía ya, que aprovechó el momento en que unos extranjeros se acababan de marchar sin comerse una tapa de arroz para coger el plato antes de que viniera la camarera, pero esta lo observó desde dentro y salió corriendo. Le dijo que no podía comerse el arroz, que no podía llevarse el plato, que si quería le daba un bocadillo, pero que el plato no se lo podía llevar. Hombre, el no le hizo ascos al bocadillo, pero francamente hubiera preferido comerse el plato de arroz, hacía muchísimo tiempo que no comía una comida decente. Bueno, hacía mucho tiempo que no comía una comida. Como a él no se la daban, preguntó si se la podían dar al perro, pero como no tenían ningún cacharro de plástico, el perro también se quedó sin el arroz.

            Así fue como el pobre de Casimiro, por no encontrar solución a su problema, habiendo podido estar tranquilamente con su familia, terminó por las calles, peor incluso que hasta su perro, pues si hubieran tenido un cacharro este se hubiera comido un rico arroz, mientras el dueño a su lado hubiera estado comiéndose un bocadillo.

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